Poza Rica

El puente del Olvido: crónicas colgadas sobre el vacío

El puente peatonal sobre el bulevar Adolfo Ruiz Cortines en Poza Rica: lonas, memoria colectiva y el silencioso desplazamiento de las denuncias ciudadanas

por Canek

En Poza Rica, el puente peatonal que cruza el bulevar Adolfo Ruiz Cortines no es sólo una estructura de concreto y barandales metálicos. Es un muro suspendido en el aire donde la ciudad se confiesa, se acusa, se exhibe y, a veces, se suplica. Un escaparate efímero de expresión que vive entre el tránsito incesante y la indiferencia cotidiana.

De día, miles de automovilistas lo miran sin detenerse. De noche, el mismo puente se vuelve un territorio que pocos desean cruzar. Bajo el sol, las lonas se despliegan con nombres, rostros, consignas, amenazas veladas, campañas anticipadas, reclutamientos de procedencia incierta y hasta declaraciones amorosas que buscan redención pública. Cuando cae la oscuridad, las telas ondean como espectros urbanos, testigos silenciosos de lo que la ciudad prefiere no mirar demasiado tiempo.

Resulta inquietante que nadie sepa —o nadie diga saber— cómo aparecen y desaparecen esas lonas. Un día están; al siguiente, ya no. Como si la memoria colectiva tuviera fecha de caducidad. Como si la urgencia de un mensaje fuera sustituida por la urgencia de otro, sin que exista un registro claro de lo que se perdió entre un amanecer y el siguiente.

Durante años, ese puente fue un reflector involuntario. Antes de la hegemonía digital, antes de que las redes sociales monopolizaran la denuncia y la visibilidad, ahí colgaban mantas pintadas a mano por rotulistas que sabían que cada trazo era un grito. Las fotografías de personas desaparecidas encontraban en ese cruce un escaparate imposible de ignorar. Miles de vehículos transitaban bajo esos rostros impresos, y cada conductor era, aunque fuera por segundos, un testigo.

Hoy, la paradoja es evidente. Mientras las lonas comerciales, políticas o triviales siguen disputando el espacio aéreo del puente, muchas imágenes de quienes no han vuelto a casa han sido desplazadas a un rincón oscuro, debajo del distribuidor vial que inicia justo a sus pies. El sitio más visible se reserva para lo inmediato; el rincón sombrío para lo doloroso. La ciudad reorganiza sus prioridades sin decirlo en voz alta.

El puente ha resistido tormentas, administraciones municipales y retoques cosméticos que intentan disimular el desgaste del concreto. Pero no ha resistido el desgaste simbólico. Se ha convertido en un tablero donde todo cabe y nada permanece. Un lugar donde la expresión ciudadana es intensa, pero breve. Donde la indignación, el amor, la amenaza o la propaganda comparten la misma cuerda y el mismo destino: desaparecer.

Tal vez por eso su nombre tácito me resulta tan preciso. No es sólo un puente peatonal sobre el bulevar Adolfo Ruiz Cortines; para mí es el puente del Olvido. Cada vez que paso por ahí y levanto la mirada, siento que observo una ciudad que escribe lo que le duele, lo que desea o lo que intenta imponer… y después lo deja ir. Como si colgar un mensaje bastara para tranquilizar la conciencia colectiva, como si al retirarlo también pudiéramos borrar lo que aún sigue pendiente.

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